Invirtiendo con el corazón

Dado mi conocimiento de los mercados financieros y la situación de incertidumbre que vivimos estos días, muchas personas me hacen consultas sobre sus ahorros e inversiones. En estas conversaciones y en base a mi experiencia como coach personal me he dado cuenta de algo muy importante: aunque muchas de estas personas piensen que tienen problemas de dinero, ello pocas veces es así. Una y otra vez, me doy cuenta de que el dinero es simplemente una brújula que refleja dónde estamos en nuestra relación con nosotros mismos. Cuando creemos que nos fallan el dinero o las inversiones, muchas veces lo que esto indica son dificultades de otra categoría. He reunido éstas en cuatro grupos, que detallo a continuación:

Problemas de autoestima, que reflejan creencias del tipo “no lo valgo” o “no lo merezco”.
Ideas limitantes sobre el dinero, por ejemplo que “el dinero es sucio”, que “el dinero corrompe” o que lo que yo tengo “se lo quito a otros”.
Confusión, muchas veces inconsciente, entre nuestras posesiones materiales y la idea que tenemos o pensamos que otros tienen de nosotros. Ello surge cuando nos hacemos preguntas del tipo “¿Quién sería yo o cómo me verían los demás si tuviera dinero?” o lo contrario “¿Quién sería yo sin unos ingresos fijos?”, o “¿Qué dicen mis pertenencias o propiedades de mí?”.
Miedos e inseguridades respecto del futuro y de las posibles eventualidades que nos pueda traer.

En todos esos casos, el problema no está en el dinero, sino en nuestra forma de ver la vida. Si somos capaces de sacar esas actitudes, normalmente inconscientes, a la luz, nos daremos cuenta de las múltiples maneras en las que nos limitamos a nosotros mismos. Simplemente ser consciente de ellas, amplia nuestra libertad para elegir. Entonces, tomar decisiones financieras concretas se convierte en algo secundario y mucho más sencillo. Recomiendo un proceso de tres pasos:

1. Conocernos a nosotros mismos. Ello implica explorar nuestros valores y aquello que da plenitud a nuestra vida, para poder tenerlo presente a la hora de gestionar nuestras finanzas. También significa poner luz en nuestros miedos, para que sea nuestra voluntad y no éstos los que rijan nuestra vida. Por último, y como he mencionado anteriormente, es importante analizar nuestras creencias y actitudes respecto del dinero. Ello nos hará conscientes de la perspectiva en la que estamos anclados y nos permitirá explorar si hay otras formas de ver la realidad que nos puedan ser de más ayuda.

2. Clarificar nuestras metas. Ello pasa por permitirnos soñar, por pararnos a pensar cuál es la vida que nos gustaría tener. También implica un cambio de paradigma, que nos lleva de la creencia de “cuanto más dinero tenga mejor” a plantearnos cuáles son nuestras necesidades reales y cuál es el coste de nuestras decisiones. En muchas situaciones, cómo cuando nos endeudamos para comprar cosas que no nos hacen felices o seguimos en un trabajo que no nos gusta por la seguridad de un sueldo a fin de mes, paradójicamente acabamos siendo sirvientes del dinero a costa de nuestro bienestar. Saber qué queremos y qué necesitamos para conseguirlo es el paso para llegar a la situación ideal, aquella en la que es el dinero el que nos sirve a nosotros para poder realizar la vida que soñamos.

3. Tomar decisiones financieras. Sólo una vez nos hayamos planteado las dos cuestiones anteriores, estaremos preparados para decidir cómo ganamos y en qué gastamos nuestro dinero, cuánto ahorramos y qué inversiones elegimos. De este modo, estaremos tomando estas decisiones desde la conciencia y el conocimiento claro de nuestras necesidades, no desde la incertidumbre y el miedo a no tener suficiente.

Me gustaría hacer unas reflexiones sobre el proceso de invertir nuestros ahorros, algo que siempre lleva a dudas, especialmente para los profanos en el mundo financiero:

El dinero es poder. Aunque las finanzas no sean lo nuestro, es muy importante informarnos y entender bien el producto que elegimos y sus riesgos. En este punto, el pedir asesoramiento o consejo nos puede ser de gran ayuda. Sin embargo, no podemos permitirnos pasar el peso de la decisión a otros. Eso nos desapodera como individuos en un aspecto muy importante de nuestras vidas, nuestra seguridad material, y nos impide utilizar nuestro dinero para mejorar el mundo.

La verdadera inversión genera riqueza. El otro día, leyendo a Joseph Stiglitz, encontré una buena explicación para este punto, que es sobre todo una convicción personal ya que desgraciadamente muchas de las denominadas “inversiones” que se hacen en los mercados no cumplen esta máxima. Según el reputado economista, sólo hay dos formas de ganar dinero: una es crear riqueza nueva, la otra es tomar riqueza de otros. En la primera opción, la sociedad se beneficia y se produce una situación en que todos ganan. En la segunda, que refleja todas las actitudes oportunistas o especulativas, uno gana porque otros están perdiendo la misma cantidad, puesto que no se genera nada nuevo. Nuestro mundo sería muy distinto si todos nos cuestionáramos a qué usos se dedica el dinero que invertimos y si realmente sirve para crear, construir y generar oportunidades.

Hay unas leyes básicas a seguir. Existen un par de leyes a tener en cuenta en cualquier inversión, que pese a ser muy básicas, tienden a ser olvidadas o incluso desconocidas. La primera es que en general rentabilidad y riesgo van de la mano. Si nos ofrecen una inversión cuyo retorno es más alto que el de otros productos, lo más lógico es que la probabilidad de perder dinero sea también mayor. O sea, y según la sabiduría popular, que “nadie da duros a cuatro pesetas”. La otra es el viejo adagio de que “nunca hay que poner todos los huevos en el mismo cesto”. Diversificar nuestras apuestas nos protege de posibles pérdidas. Por ejemplo, si invierto en acciones de un grupo de compañías, idealmente de diferentes sectores, siempre tendré más seguridad que si dedico todos mis fondos a la misma empresa. En el último caso, si ésta quiebra o tiene problemas, puedo perderlo todo. Eso sí, al diversificar también es más difícil beneficiarse de la suerte y del típico “pelotazo” que muchos buscaban hace algunos años.

Por último, un comentario sobre la preocupación respecto de donde invertir, que se ha convertido en tema habitual de conversación dados los recientes fraudes en productos financieros y la generalizada inseguridad respecto de nuestros ahorros. Muchos preguntan qué hacer con su dinero, buscando productos que ofrezcan la seguridad total. Lo cierto es que esos productos no existen. Toda inversión conlleva riesgos, o sea la posibilidad de perder. Lo que ocurre en este ámbito no es diferente de lo que pasa en cualquier otra área de nuestra vida. Aunque nos cueste aceptarlo, vivimos en la incertidumbre y el cambio. Podemos elegir usar esta verdad para parapetarnos detrás del miedo a la escasez, o podemos considerarla un recordatorio de que la verdadera seguridad sólo podemos encontrarla en nosotros mismos y en nuestras capacidades y recursos personales. La primera opción, o sea el miedo, nos hace víctimas y nos anima a acumular. La segunda, la confianza en nosotros mismos, nos ayudará a poner nuestro dinero allí donde están nuestros valores y nuestros sueños, lo que casi con seguridad nos llevará a una vida más plena.


2 thoughts on “Invirtiendo con el corazón

  1. ¡Cuántos sabios consejos en esta nueva entrada! Lo que más destaco es lo de que la verdadera inversión genera riqueza. Invertir para para quitar la riqueza a otros, eso debería llamarse de otra manera… También es fundamental tomar conciencia de cómo condiciona la idea de escasez nuestra vida y el comportamiento que tenemos con el dinero.

  2. Muchas gracias por tu comentario Olga. En efecto, como dices el comportamiento que tenemos con el dinero esta condicionado por nuestras ideas y creencias. Hacernos conscientes de ello nos da la libertad de poder elegir. Un abrazo.

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