El camino del alquimista

Esta entrada va dedicada a todos aquellos que piensan que el dinero está reñido con la espiritualidad.  Tengo la suerte de conocer a muchas personas de elevados principios, movidas por la ilusión de ayudar a los demás y poner buenas semillas en el mundo.  Muchas de estas personas tienden a tener opiniones muy negativas respecto del dinero y del mundo de la empresa.  La idea de que el dinero es sucio o corrupto, y por lo tanto, de que la pobreza y/o el ascetismo son señal de “virtud”, está muy arraigada en la herencia de nuestra cultura judeo-cristiana.  Basta recordar las palabras de la Biblia, “es más fácil que un camello entre en el ojo de una aguja que un hombre rico entre en el reino de Dios”.

Partiendo de la base de que nuestras creencias influyen nuestra realidad, estaremos de acuerdo en que este pensamiento no nos apoya a la hora de crear una vida de plenitud, sino que más bien nos ancla en la escasez y el ir tirando, limitando nuestras posibilidades de crecimiento y expresión.  En realidad, si lo que quiero es ayudar a los demás y hacer cosas buenas para el mundo, cuanta más riqueza y poder posea, más capacidad tendré para llevar a cabo grandes obras y cumplir ese deseo.  Eso sí, equipado con estos dones, mi responsabilidad será también mucho mayor.  Eso me lleva a la célebre frase de Abraham Lincoln: “casi todos podemos soportar la adversidad, pero si queréis probar el carácter de un hombre, dadle poder”.  En efecto, el acceso al poder, tanto como la riqueza, son caminos seguros para que una persona tenga la oportunidad de mostrar su calidad humana. 

De hecho, en la frase anterior, podríamos intercambiar libremente la palabra ‘poder’ por ‘dinero’, y su sentido se mantendría intacto.  Al fin, el dinero otorga poder, y el poder tiende a traer dinero en un círculo que se retroalimenta.  En nuestra civilización, el disponer tanto de uno como de otro es símbolo de éxito personal.  Sin embargo, lamentablemente, tendemos a asociarlos en menor medida con el concepto de responsabilidad.  Sólo tenemos que dar un repaso a los últimos años y a las múltiples instancias en las que tanto poder, como dinero, se han utilizado para aprovecharse de los demás en beneficio propio, en lugar de como instrumento de progreso para todos: políticos que se han enriquecido a costa de sus cargos, bancos que se han servido de la confianza de sus clientes para ‘colocarles’ productos arriesgados, empresas que han despedido trabajadores mientras sus directivos se subían los salarios… Nos ha sobrado avaricia, y nos han faltado líderes de verdad, enfocados en el servicio a los demás.

Volviendo al dinero, al fin se trata de un efectivo recurso para conocernos a nosotros mismos.  Nos hace enfrentarnos a nuestras debilidades y encontrarnos de cara con nuestra ‘sombra’, esa parte de nosotros que no queremos ver.  Tenemos una experiencia muy reciente de ello a nivel de sociedad, revisando los años en que se gestó la ‘burbuja inmobiliaria’.  Durante ese tiempo, entró en nuestras fronteras mucho dinero barato (prestado a bajos tipos de interés), que podía haber servido para modernizar la estructura económica de nuestro país y crear un futuro mejor para todos.  Desgraciadamente, una gran parte de esos fondos se destinó a fomentar la especulación en el mercado de la vivienda y a alimentar la cultura del ‘pelotazo’ y el ‘hacerse rico rápido’, un modelo que muchos querían imitar.  Podemos lamentarnos, o podemos aprender de esa experiencia y empezar a tomar nuestro poder y nuestra responsabilidad para elegir conductas más humanas y sostenibles. 

Todo esto me lleva a la idea de que no hay mayor espiritualidad que vivir nuestra vida de una manera consciente.  Podemos hablar en abstracto de nuestros ideales, o podemos aplicarlos a nuestro día a día.  Si hacemos esto último, ya no podremos separar la espiritualidad ni del dinero ni de nuestra profesión.  Nos toca vivir con coherencia en todas las áreas de nuestra existencia, y es ahí donde está el mayor desafío y la responsabilidad de verdad.  Es un aprendizaje diario, donde tenemos que ser pacientes con nosotros mismos y tolerantes con otros que intentan hacer el mismo esfuerzo, ya que no se trata del camino fácil.   Esto me recuerda a los alquimistas medievales.  Si bien su objetivo era convertir los metales en oro, en realidad su ‘gran obra’ era transformarse a sí mismos, ser cada vez más sabios y mejores personas.  De este modo, ambos caminos, el material y el espiritual, eran para ellos en realidad uno solo, no había separación.  Desde esta perspectiva, es hora de despertar y tomar nuestro lugar.  Lo que necesitamos son más  “alquimistas” en todas las esferas de nuestra sociedad, en especial en el mundo de la política, la empresa y la banca, lugares donde se concentran tanto el dinero como el poder… 


2 thoughts on “El camino del alquimista

  1. Nuestra sociedad y economía es posiblemente la consecuencia de la suma de nuestras creencias y actitudes individuales. Urge empezar a poner conciencia en éstas últimas, independientemente de nuestra situación. Nada impide que podamos transformarlas, tengamos mucho o poco dinero. Muchas gracias por tu comentario Olga.

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