Liderazgo femenino, una cuestión de hombres y mujeres

Hace algún tiempo estuve en una conferencia sobre liderazgo femenino, por alguien considerada una autoridad en la materia. La audiencia era numerosa y llena de mujeres, que dadas sus numerosas preguntas y comentarios demostraron que estaban tan interesadas como yo misma en el tema. Lamentablemente, en mi caso una gran parte de la anticipación se trocó en desilusión. La charla, que había imaginado trataría de las cualidades “femeninas” que hacen tanta falta en el mundo de la empresa, se centró básicamente en motivarnos a ascender en el organigrama “a cualquier coste”, adoptando las actitudes y comportamientos que hicieran falta para ello. Lógicamente, tratándose de un mundo mayoritariamente masculino, a mi entender se nos estaba incitando a luchar por ganar puestos de mando a los hombres, utilizando sus mismas estrategias y formas de actuar.

No es que no sea bueno que las féminas accedamos a puestos de dirección y que haya más diversidad de todo tipo en la empresa. Sin embargo, si sólo nos quedamos ahí, sin aportar nada distinto, de poco va a servir nuestra presencia. Todo se reducirá a una cuestión de números y cuotas, eliminando la posibilidad de cualquier cambio cualitativo. Al fin, la principal ventaja de la diversidad es que se incorporen a los negocios distintas maneras de afrontar los desafíos y otras visiones de la vida, de forma que se pueda acceder a una mayor creatividad para enfrentarse a los problemas. Eso es lo que necesitan muchas organizaciones: verdadera diversidad, en términos no sólo de sexos, sino de formas de actuar y de pensar, de nuevos paradigmas… Lo que funcionaba en el pasado, como puede ser el competir o hacer valer la autoridad, ya no resulta tan útil en una sociedad interconectada y mucho mejor informada. Difícilmente la empresa puede estar cerca de sus clientes si en su gestión no incorpora los cambios que se están produciendo en la sociedad.

Lamentablemente, en lo que se refiere al mundo empresarial español, el acceso de la mujer al liderazgo es todavía una utopía. Un reciente informe de la Fundación Compromiso y Transparencia, “Reinventando los consejos”, explica que “España es uno de los países con menor participación de mujeres en los consejos de administración; sólo un 11% de mujeres forman parte de los consejos de administración del IBEX 35, porcentaje que baja al 9% si sólo tenemos en cuenta las consejeras independientes y ejecutivas. Muy alejado todavía de países como Suecia (25%) o Noruega (42%), e incluso de Holanda (19%), Alemania e Inglaterra (16%). En el 2012 había 10 empresas del IBEX (FCC, Ferrovial, OHL, Abertis, Endesa, ArcelorMittal, Técnicas Reunidas, Amadeus, Gas Natural y Sacyr) que no contaban con ninguna consejera ejecutiva o independiente y siete empresas (Grifols, Ebro Foods, IAG, Mediaset, Acerinox, Telefónica y Mapfre), con un porcentaje inferior al 10%”. En vista de estos datos, queda claro que hay un largo camino por recorrer. El hecho de que muchos consejos, el órgano más alto de administración de la empresa, estén compuestos en su mayoría por hombres, posiblemente de edades y áreas de experiencia y conocimiento similares, coarta las posibilidades de innovación y adaptación de la empresa a una sociedad cada vez más cambiante y donde las mujeres tienen un papel creciente como clientes, consumidoras e interlocutoras.

Puedo decir que tengo amplia experiencia en intentar adaptarme a una cultura empresarial masculina, como lo es el mundo de la banca de inversión. Por muchos años, mi principal motivación fue el éxito profesional, construir una buena carrera y mejorar mi reputación entre los clientes (en mi caso inversores institucionales en los mayores centros financieros). Nada de malo en todo esto, siempre que se tenga conciencia de cuál es el coste de nuestras elecciones, pues nada nos viene dado gratuitamente. El precio que yo pagué fue muy alto en términos de stress y cansancio, un “burnout” que me ha costado meses y mucho trabajo personal dejar atrás. Sin embargo, el peor coste en mi opinión puede ser la traición a uno mismo, el sentirse vacío y aislado, desconectado totalmente de tu esencia y de tus valores. Imagino que es una sensación que compartimos muchos de nosotros: somos una persona con nuestros familiares y relaciones más cercanas y nos convertimos en alguien muy diferente dentro de nuestro entorno laboral o profesional. Cuando dejé mi empleo en la bolsa, totalmente perdida, decidí irme al Camino de Santiago. Recuerdo que una de las cosas que más me chocaron de la experiencia fue la relación con otros peregrinos. A veces, hablaba con personas diez minutos y sentía que las conocía más que a antiguos compañeros de trabajo, con los cuáles había tenido una relación de años. Es la diferencia que se produce en la comunicación cuando conectamos con los demás desde nuestro corazón, algo bastante difícil de encontrar en muchos de nuestros círculos sociales.

Pensando en términos generales en cómo se estructuran nuestras organizaciones empresariales y profesionales, la mejor metáfora que se me ocurre es la de la guerra o la batalla. Muchos términos utilizados en la empresa aluden a esa idea: estrategia, competición, barreras de entrada, reglamentos, competencia, recursos humanos… en definitiva, conceptos muy masculinos. De hecho, muchos de nosotros vamos (o íbamos) a la oficina llevando una buena coraza, que nos proteja de embistes ajenos y no permita que salga emoción alguna, no sea que seamos tachados de débiles. Estos patrones no se circunscriben a los sectores más competitivos, como el de mi antiguo trabajo, sino que yo misma me los he encontrado en entornos mucho más idealistas, como puede ser el del coaching. La creencia de que “no hay suficiente para todos, tengo que luchar por mi parte” está muy generalizada en todos los ámbitos de nuestra sociedad. No digo que el competir, usar nuestra fuerza y ser asertivos no haga falta en algunos momentos. El problema es que al enrocarnos en esos patrones perdemos el acceso a otras actitudes que nos pueden ayudar a construir estructuras más humanas, como pueden ser la creatividad, la colaboración o el respeto a la madre tierra. En muchas instancias hemos perdido el acceso a la fortaleza que viene de hacernos vulnerables, de confiar en nuestra intuición, de vivir nuestros valores y conectar con nuestra misión de vida, algo para lo que no hay espacio en la mayor parte de la vida económica.

Personalmente, estoy firmemente convencida de que la transformación de la sociedad, en la cual la empresa tiene un papel muy importante, tiene que venir de adoptar actitudes más femeninas. No se trata de renegar de los comportamientos masculinos, en gran parte artífices del alto nivel de progreso que actualmente disfrutamos. Se trata de conseguir un mejor balance, un mayor equilibrio. Del mismo modo, no es una cuestión sólo de mujeres, sino también de hombres, pues todos tenemos acceso a estos valores que son humanos y universales. Eso sí, pienso que las mujeres tenemos una gran responsabilidad en este proceso. A medida que podamos acceder a nosotras mismas y a nuestra propia fuerza interior, y a medida que tengamos el coraje de aplicar esas cualidades a nuestro trabajo en el mundo, mayor será nuestra contribución. Por mucho que aspiremos a la igualdad de derechos y oportunidades con el hombre, que tiene que convertirse en una realidad, no podemos renegar de nuestra naturaleza y de nuestra biología. Como madres, durante siglos nuestro trabajo ha sido el cuidar y el nutrir. Eso nos hace en general más cercanas a la intuición, a la emoción y a la tierra, cualidades muy necesarias en estos momentos de crisis.

Para acabar, me gustaría transcribir una profecía nativo americana que recientemente compartió en una de sus charlas Lynne Twist, fundadora de “Pachamama Alliance” y autora de un buen libro sobre el dinero, “The soul of money” (el alma del dinero). El pájaro de la humanidad ha estado volando con sólo un ala extendida y moviéndose poderosamente (representando al hombre), y la otra ala doblada y aleteando laboriosamente (representando a la mujer). Esto ha hecho que la humanidad se canse y de vueltas en círculos, avanzando menos de lo que podría. Según la profecía, cuando las mujeres tomen su poder y adopten un rol de liderazgo, esa segunda ala se extenderá y la humanidad planeará con gracia para llegar a su total y más bella expresión.


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