Dinero y Espiritualidad

Durante las recientes vacaciones de Pascua, estuve en Guatemala, donde tuve la oportunidad de visitar algunos lugares habitados por los descendientes de los antiguos mayas. El lago Atitlan, un sitio mágico a unas tres horas de la capital, me fascinó por su paisaje natural y por su historia. En los pueblos a sus orillas conviven con el turismo diferentes poblaciones indígenas, que aun habiendo adoptado la religión católica, mantienen una gran riqueza de tradiciones ancestrales. Las pocas manifestaciones que vi de sus ritos, como sus iglesias llenas de ofrendas de flores y frutos, o el culto al Santo Maximon, una mezcla entre Dios maya y santo católico al que se pide su favor con ofrendas de cigarrillos y alcohol, me dieron la impresión de se trata de una religión muy cercana a la tierra, en la que lo divino se mezcla con lo humano y con las fuerzas de la naturaleza.

El domingo, día de mercado, visitamos Chichicastenango, una localidad algo más al norte en el altiplano guatemalteco. Allí, uno de los lugares donde más se da el sincretismo religioso entre el catolicismo y las antiguas tradiciones mayas, pude presenciar la procesión del domingo de Resurrección. Además de la explosión de colores que llenaba el ambiente, me sorprendió ver a los santos, tanto en la iglesia como al ser sacados a la calle, llevando fajos de billetes en sus manos y ropajes. La verdad es que desconozco el origen de esta práctica y el significado que le atribuyen los indígenas. Sin embargo, a mí me hizo reflexionar sobre la gran barrera que existe en nuestra cultura entre la idea del dinero y todo aquello que se considera espiritual. Muchos entre nosotros considerarían el colocar billetes en las manos de una imagen sagrada como una falta de respeto, casi una herejía.

Repetidamente, llegan a mis talleres personas que ven el dinero como algo sucio y corrupto. Muchos se califican como personas “espirituales” y comentan que les disgusta tener que lidiar con temas financieros. Algunos llegan a decir que el mundo sería mucho mejor si no existiera el dinero. En mi opinión, esta visión es uno de los reflejos de la separación entre la materia y el espíritu, muy extendida en nuestra civilización. La creencia de base es que lo espiritual refleja todo lo bueno y elevado, mientras que lo material es bajo y corrupto, un mal que se debe trascender para acceder a la virtud y a la espiritualidad. Se trata de una idea que tiene muchas ramificaciones y un gran efecto en la forma en cómo nos vemos a nosotros mismos. Fácilmente nos lleva a desconectarnos de nuestro propio cuerpo y emociones, a los que también vemos como inferiores a todo lo mental y “racional”. A veces, este patrón nos hace querer huir a un mundo “ideal”, puro y elevado, situado por encima de nosotros y en consecuencia desconectado de nuestros semejantes.

La realidad es que vivimos y habitamos en la materia, que tenemos unas necesidades físicas y una “luz y una sombra”. Cuando rechazamos eso, perdemos también parte de nuestra vitalidad, de nuestra sabiduría instintiva y de la experiencia de estar vivos. Estas creencias tienden a proyectarse en el dinero, que se convierte en símbolo de todo lo que es inferior e impuro. Cuando oigo la frase “a mí el dinero no me importa”, muy frecuente entre personas que siguen un camino de crecimiento personal – y que por cierto yo también he pronunciado en el pasado – me parece en el mejor de los casos una mentira. Si puedo decir esto es porque mis necesidades están cubiertas; si no mi principal preocupación sería obtener los medios para sobrevivir. En el peor de los casos, despreciar el dinero puede reflejar una falta de responsabilidad: conmigo mismo, por no valorar mi trabajo o cualidades como es debido, y/o con otros, si son ellos los que me permiten tener cubiertas esas necesidades y por lo tanto no tener que preocuparme de cómo obtengo mi sustento. No estoy hablando de que ser rico tenga que ser mi principal motivación y que me deje llevar por la codicia, que sería el extremo opuesto de la actitud que estoy describiendo, sino de tomar la responsabilidad de mi vida y saber valorar mi aportación, de forma en que se alimenten mi autoestima y mi poder personal.

Todas estas reflexiones me llevan a una pregunta: ¿Qué pasaría si consideráramos no sólo el dinero, sino todo lo material, como sagrado? ¿Cómo cambiarían nuestras actitudes vitales?

Después de trabajar años en los mercados y la banca, pienso que parte de los problemas de la sociedad vienen de que hemos de-sacralizado nuestra existencia diaria. Consideramos la materia como algo inferior, y por eso podemos comerciar con ella para obtener el máximo beneficio, olvidando el posible impacto de nuestras acciones en el planeta y en los humanos implicados. Paradójicamente, esa idea de la separación entre lo espiritual y lo material nos ha llevado al dominio de lo abstracto, de la mente racional, y a la visión económica y “de mercado”, que aplicamos a cualquier área de la vida. Esto me recuerda a mi antiguo trabajo en la bolsa, cuando los “traders” e inversores hablaban de cifras macroeconómicas, de recortes, de reducción de gastos de personal… de una manera totalmente fría. Para ellos eran solamente números, líneas en una pantalla; ni se paraban a pensar en los posibles dramas o problemas personales que se escondían detrás de las cifras. De forma similar, actualmente la economía real va por un lado y los mercados financieros por otro. Posiblemente todo ello sean las consecuencias de un mismo patrón de pensamiento, de esa separación…

Volviendo a la costumbre de los indígenas mayas de colocar billetes en sus imágenes religiosas; puede tener muchos significados, por ejemplo atraer “abundancia y prosperidad”, o hacer que los santos les ayuden a “conseguir sus sueños”… Sea lo que sea, me parece un intento de unir aquello que para muchos de nosotros está separado: la espiritualidad y lo material. Al fin, el dinero representa energía, potencial y posibilidades que los humanos podemos dirigir para apoyar los proyectos e ideas que queremos realizar. Es un catalizador que nos permite convertir nuestros sueños en realidad. Esto me recuerda una de las mejores definiciones que he oído sobre el dinero: “el dinero es el vínculo entre lo invisible y lo visible”. En otras palabras, une el mundo de las ideas y pensamientos (o espiritual), con el mundo tangible, en el que estas ideas se pueden materializar. Por lo tanto, es tarea de los humanos convertir el dinero en algo “sagrado”. ¿Cómo conseguirlo? Se me ocurre que una manera es dedicarlo a iniciativas que contribuyan a crear un mundo que esté de acuerdo con nuestros valores más elevados, en definitiva, proyectos “que apoyen a la vida”.
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