¿Qué podemos hacer las mujeres para mejorar nuestros ingresos?

Según la última encuesta de Eurostat, publicada recientemente, las españolas cobraron en media en 2013 un 19% menos que los hombres.  Esa brecha salarial, si bien más alta que en otras geografías, no es exclusiva de nuestro país.  El 19% español compara con un 16% para la media de la Unión Europea y con un porcentaje muy parecido al nuestro en las últimas encuestas publicadas en Estados Unidos.  Aunque la falta de transparencia hace muy difícil demostrar ese tipo de situaciones, es frecuente que los varones reciban una remuneración superior en funciones y responsabilidades similares a las de sus compañeras femeninas.  Y no solamente eso, sino que pese a representar un poco más de la mitad de la población ocupada en España, las mujeres sólo ocupan un tercio de las posiciones directivas.

Se han hecho innumerables estudios para explicar estos datos, centrándose mayoritariamente en sus causas externas.  Algunas se refieren a temas técnicos, por ejemplo el hecho de que frecuentemente las estadísticas no tengan en cuenta diferencias en nivel de capacitación, educación u horas trabajadas, o el tipo de sectores, dada la especialización por sexos en ciertas profesiones.  Otras explicaciones se basan en que en muchos países, como es el caso de España, la incorporación general de la mujer al mercado de trabajo es un hecho relativamente reciente.  También, es indudable que las mujeres recurren en mayor medida a modelos de trabajo flexible y reducciones de horario y que muchas veces dejan de lado su carrera profesional a la hora de tener hijos y ocuparse de su familia.  Con frecuencia se menciona el denominado “techo de cristal”, es decir, la barrera invisible que niega el acceso de muchas a altos puestos directivos, y  sus razones, por ejemplo el hecho de que el mundo empresarial esté dominado por hombres que tienden a preferir perfiles similares a los propios para las posiciones de mayor responsabilidad.

El propósito de esta entrada no es ahondar más sobre esos temas, muy elaborados ya, sino en profundizar en las razones internas que explican las circunstancias de la mujer en el mercado laboral.  Si bien está claro que el entorno nos pone dificultades externas, me pregunto cómo contribuimos nosotras mismas a que la situación se perpetúe.  Eso me lleva a los arquetipos y estereotipos existentes en nuestra sociedad sobre cómo debemos comportarnos.  Mientras que del hombre se espera que sea competitivo y que mire por sus propios intereses, el ideal para la mujer es el de la abnegación y el sacrificio, el de la “madre perfecta” que se olvida de sus propias necesidades por el bienestar de su familia.  Nos parece bien que los hombres luchen por lo que es suyo, sin embargo, por modernos que nos consideremos, muchas veces encontramos inadecuado que una mujer sea demasiado asertiva.  Eso le hace perder la dulzura y amabilidad que la sociedad tanto valora en el sexo femenino, a veces convirtiéndola a ojos de los demás en una verdadera “arpía”.

Aunque seamos mujeres de hoy, bregadas en el mundo de los negocios y acostumbradas a desenvolvernos en el ámbito laboral, llevamos a nuestras espaldas siglos de historia colectiva.  Hace relativamente pocos años que somos consideradas “iguales” a los hombres en derechos.  En nuestro país, en plenos años 60, la mujer casada debía pedir permiso a su marido para poder trabajar, así como su autorización para poder abrir una cuenta corriente, una situación que sufrieron muchas de nuestras madres.  Por lo tanto, no es de extrañar que en nuestro inconsciente sigan activos muchos patrones derivados de la herencia de ese pasado.  Se nos ha enseñado siempre a “dar”, sin embargo recién estamos aprendiendo a “pedir “lo que merecemos, lo cual probablemente nos incomoda a la hora de entrar en negociaciones para defender nuestros intereses.  Viniendo de una historia de minusvaloración, es lógico que nos cueste “valorarnos” a nosotras mismas, lo cual es posible que tenga un impacto a la hora de discernir qué salario o pago es adecuado por nuestros servicios profesionales.  Además de todo esto, muchas hemos aprendido que satisfacer los deseos de los demás tiene prioridad a considerar los propios.  No es de extrañar, por lo tanto, que el perseguir dinero y/o poder venga cargado para nosotras de todo tipo de connotaciones negativas.

Por mucho que se haga desde fuera para mejorar la situación de la mujer, como el establecer cuotas, mejorar la conciliación o vigilar la igualdad de salarios, todavía tendremos que enfrentarnos a esas barreras internas, que sólo podemos superar nosotras mismas.  Se trata de un trabajo de crecimiento personal y de empoderamiento muy importante si queremos ocupar nuestro lugar en la sociedad.  Mirar hacia fuera nos hace víctimas; mirar hacia adentro nos permite crecer y superarnos, lo cual es crucial si queremos traer nuestra tan necesaria contribución al mundo.  Para eso, debemos dejar atrás el miedo: el miedo a ser nosotras mismas, el miedo a valorarnos por lo que somos y el miedo a pedir lo que nos pertenece.  También nos hace falta enterrar algunas creencias, como que “sacrificarse es virtud” o que “dar es más importante que recibir”, y sustituirlas por un entendimiento más sano de que el que no mira para sí mismo no tiene nada que ofrecer a los demás y que “dar y recibir” son dos caras de un mismo movimiento.  Ese es el trabajo que nos toca, en el cuál algunas veces tendremos que ser desleales a lo “aprendido” de nuestras madres y abuelas.  Para empezar – o seguir – propongo algunas ideas: ser más conscientes del valor que ofrecemos y recibimos en cada transacción, atrevernos más a menudo a exigir la retribución que merecemos y, muy importante, ayudarnos y apoyarnos entre nosotras, pues se trata de un camino que sólo podemos recorrer juntas.


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