Redefiniendo el éxito

Hace unos días fui a comer con una amiga y me empezó a hablar de su vida profesional.  Ella tiene un puesto de responsabilidad en una universidad de prestigio y me contaba cómo había tomado la decisión consciente de abandonar la competición con sus compañeros por publicar más artículos, aumentar su reputación, obtener visibilidad… La gran presión por destacar le estaba quitando su energía vital y todo el disfrute y alegría en su trabajo.  A la vista de todo ello, había llegado a la conclusión de que conseguir una mejor posición no le compensaba los sacrificios que tenía que hacer para llegar hasta ahí.  Nuestra conversación nos llevó a una discusión sobre qué es realmente el éxito, en relación con la idea que nos vende la sociedad sobre qué significa triunfar.  Eso me recordó las razones que me llevaron a renunciar, después de mucho esfuerzo, a mi carrera en el mundo financiero, entre  ellas el stress, la cultura altamente competitiva, y sobretodo el pobre equilibrio entre mis responsabilidades profesionales y mis valores y vida personal.  Imagino que muchos lectores y lectoras saben de lo que estoy hablando.  Para muchos y muchas, el éxito, tal como lo define la sociedad actual, viene acompañado de un alto precio a pagar.

Mi amiga, como yo, había tomado una decisión drástica: salirse de ese juego y apostar por sus verdaderas prioridades.  La recompensa inmediata es clara en términos de salud y tranquilidad.  Sin embargo, como todo en la vida, también comporta un coste.  Tenemos tan integradas las ideas del esfuerzo y del luchar por hacernos un futuro que muchas veces nos sentimos culpables por dejar ir.  Empezamos a escuchar esa voz interior que nos habla del miedo a “no ser suficiente” y que se pregunta si estamos haciendo lo correcto.  Las metas que nos marca nuestro entorno  nos llevan a esforzarnos continuamente por lograr una mejor posición profesional, por llegar más arriba, por acumular posesiones…  En el momento en que uno se plantea recorrer el camino no trillado de descubrirse a sí mismo y de vivir de acuerdo a sus propios principios, es fácil que le invadan las dudas y cuestionamientos.  Es el vértigo de lo desconocido, el sentimiento de riesgo que nos acompaña cuando nos salimos de lo que es “normal”.  Ello me recuerda a cuando trabajaba como analista bursátil y tenía que dar recomendaciones de inversión a mis clientes: siempre era más fácil adoptar la opinión del consenso de mercado que atreverse a tener una visión distinta, y por lo tanto asumir el riesgo de equivocarse en solitario.  Lógicamente, eran estas últimas decisiones de inversión, no las primeras, las que conllevaban una mayor posibilidad de ganancia.

Cuando miro alrededor, a conocidos y amigos, veo muchos de estos patrones competitivos, impulsados por nuestra cultura “darwinista”, y que la crisis económica sólo ha agravado.  Hay que competir por salvaguardar el empleo, por conseguir clientes, por destacar entre nuestros compañeros…  Curiosamente, a veces nos embarcamos en un proceso de desarrollo personal, que en teoría debe ayudarnos a vivir una vida más plena, y acabamos enrocados en el mismo tipo de comportamientos.  Simplemente cambiamos las metas y hablamos de conseguir “mayor iluminación”, de” librarnos de nuestras debilidades”, de ser “mejores personas” e incluso, para aquellos que elegimos el camino del emprendimiento o los negocios independientes, pasamos a acumular cursos y lecturas y a competir por tener la mejor “marca personal” o hacer la mayor “contribución al mundo”.  Con ello, corremos el peligro de olvidarnos de nuevo de nuestro bienestar y de fomentar aquello que hace latir nuestro corazón.  Cambiamos unos objetivos por otros, pero seguimos con nuestra mirada en el futuro, en “cuando mi negocio empiece a funcionar” o “cuando me sane totalmente”, olvidándonos de nuevo de lo más importante: vivir el presente.

No estoy  diciendo que no sea positivo crecer como personas o embarcarnos en nuevas iniciativas, que siempre nos van a enriquecer en experiencia y sabiduría.  Simplemente me refiero al peligro de volver a caer en la misma trampa: el luchar por el éxito externo, aunque éste sea medido por altos ideales de mejorar la sociedad o lograr algo “grande” y especial… Personalmente, y después de pasar por todas estas etapas, mi conclusión es que el éxito de verdad es quizás algo que se basa en logros “más pequeños” y sin embargo más cercanos a lo esencial.  Me pregunto si se trata tan sólo de vivir el aquí y ahora, con conciencia y con los pies bien plantados en la tierra, experimentando a fondo lo bueno y lo “malo”, aprendiendo de ello y dejando que la vida nos muestre el próximo paso, pues su sabiduría es mayor que todos los planes y objetivos que podamos proyectar en nuestra cabeza.  Eso no significa dejar de lado nuestros ideales, sino ponerlos en manos de algo más grande que nosotros.  Para ello, es imprescindible la confianza: confianza en mis propias capacidades, confianza en que lo que me traiga el futuro es aquello que necesito para crecer y superarme, confianza en que hay una parte de mí que sabrá lo que tengo que hacer… Esa confianza, que hay que alimentar cada día, posiblemente no nos venga dada por la experiencia, sino que requiera de un firme compromiso personal.

Hace unos días, cuando estaba en estas reflexiones, llegó por casualidad a mi bandeja de entrada un mensaje de alguien con quien estoy poniendo en marcha un proyecto con corazón, incluyendo una bonita descripción de lo que es triunfar, del poeta estadounidense Ralph Waldo Emerson.  Sus palabras nos pueden servir de inspiración y también para construir un paradigma más humano del éxito, que nos apoye como personas.  Te las dejo a continuación, animándote a compartir tu propia visión sobre el éxito, que me encantaría conocer:

“Reírse a menudo y amar mucho;
ganarse el respeto de las personas inteligentes y el afecto de los niños;
conseguir la aprobación de los críticos honestos y soportar la traición de los falsos amigos;
apreciar la belleza;
descubrir lo mejor de los demás;
dar lo mejor de uno mismo sin esperar nada a cambio;
mejorar el mundo un poquito con un hijo sano, un alma rescatada, un trozo de jardín o una condición social redimida;
haber jugado y reído con entusiasmo y cantado con exaltación;
saber que por lo menos una persona ha respirado más fácilmente porque usted ha vivido;
esto es haber triunfado.”


2 thoughts on “Redefiniendo el éxito

  1. En mi opinión hay personas que son muy competitivas por naturaleza y el éxito siempre va en función de con quién se comparen. No es bueno para ti porque todas las personas se convierten en rivales, no es bueno para el otro porque deseas que fracase para que sea mas fácil superarle, pero quizás sea bueno para el conjunto porque te lleva a conseguir objetivos cada vez mas altos.
    Desde luego el poema es precioso y a todos nos gustaría conseguir ese tipo de éxito, pero siguen siendo “altos ideales”, algunos demasiado concretos para que esté en nuestra mano hacer algo para conseguirlos.
    Para mí lo importante es tener claras mis prioridades, pero esto que parece tan sencillo me resulta de lo mas difícil.
    Me gusta eso de dejar que la vida nos muestre el siguiente paso, pero no será “pasotismo” ?

  2. Mil gracias por tu comentario Paz. Es verdad que algunas personas son por naturaleza más competitivas que otras, la cuestión es ¿de dónde viene esa necesidad de competir? o quizás ¿de dónde viene lo contrario, el conformismo? Ambas tendencias pueden estar determinadas por lealtades familiares, o por pasadas experiencias traumáticas. Poner conciencia, hacer el esfuerzo de conocernos, nos ayuda a ser capaces de elegir en base a lo que personalmente nos mueve. Respecto de dejar que la vida nos muestre el siguiente paso, sería “pasotismo” si cuando nos viene la inspiración o la oportunidad de actuar no hacemos nada. En mi experiencia, hay al menos dos formas para alcanzar metas o trabajar por nuestros “ideales”. Una es la que muchos de nosotros conocemos muy bien: sé que quiero ir de A a B y planifico todos los pasos que me llevaran de un lugar a otro. Cuando hablaba de dejar que la vida nos muestre los pasos me refería a otra manera, menos racional y más femenina de avanzar: fijo un objetivo menos concreto, más amplio, tomo el primer paso aunque no sepa bien adonde me lleva. Después de ello, veo donde estoy, escucho, me conecto conmigo misma para dar el siguiente paso. Al fin, llegaré a un punto B que quizás nunca hubiera imaginado. Eso requiere dos cosas: mucha confianza en la vida y la voluntad de caminar, de dar pasos, aunque no vea completamente donde me conducen. Para mí, eso está muy lejos del “pasotismo”. Un abrazo

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