La competencia y el dilema del prisionero

El pasado fin de semana tuve la oportunidad de ver a mi sobrina, que tiene ahora tres años y medio.  Estuvimos jugando con uno de los juguetes que le habían traído los Reyes, una especie de bingo para niños, en el que en lugar de números había dibujos de diferentes animales. Cada una de nosotras tenía una tableta que contenía los dibujos,  y se trataba de ir bajando casillas a medida que el juego reproducía los sonidos correspondientes a cada uno de ellos.  Al principio todo fue muy divertido. Mi sorpresa fue cuando, al ganar yo la segunda partida, la pequeña se puso a llorar desconsolada…

A tan corta edad, y ya sufriendo por no ser ella la ganadora.  Además, considerando que no había ningún premio ni objetivo que alcanzar, el tema era sólo una cuestión de amor propio.  Observar su disgusto me llevó a preguntarme sobre la tendencia de nuestra sociedad a la competitividad ¿Se trata de algo innato a los humanos? ¿O la aprendemos en casa y en la escuela, viendo como los adultos se desenvuelven en su vida y respondiendo a los incentivos que nos otorgan para que nos superemos a nosotros mismos y a los demás?  También me recordó una historia que leí en internet sobre unos niños africanos, y que reproduzco a continuación:

Un antropólogo propuso un juego a los niños de una tribu africana. Puso una canasta llena de frutas cerca de un árbol y le dijo a los niños que aquel que llegara primero ganaría todas las frutas.

Cuando dio la señal para que corrieran, todos los niños se tomaron de las manos y corrieron juntos, después se sentaron juntos a disfrutar del premio.

Cuando él les preguntó por qué habían corrido así, si uno solo podía ganar todas las frutas, le respondieron: UBUNTU, ¿cómo uno de nosotros podría estar feliz si todos los demás están tristes?

UBUNTU, en la cultura Xhosa significa: “Yo soy porque nosotros somos”

Si esa historia es cierta, desde luego nuestra civilización tiene mucho que aprender sobre otras culturas en las cuáles se fomenta más la colaboración y el bien común.  En vista de las diferencias económicas entre la mayor parte de países africanos y nuestro primer mundo, algunos podrán aducir que el enfoque en la competencia y la auto-superación ha fomentado el desarrollo tecnológico y nos ha llevado a mejoras en todos los ámbitos de la vida. Estoy totalmente de acuerdo con ello, también con la idea de que la competencia es una parte necesaria de la vida, tal como podemos observar fácilmente en la naturaleza. Sin embargo, nuestro problema reside en la falta de balance. La teoría de la evolución, que tanto ha influido en el pensamiento occidental, se enfocó demasiado en la lucha entre las especies, ignorando los numerosos ejemplos de colaboración y ayuda.  El caso del hombre es paradigmático: pasamos de ser alimento de otros depredadores a ser “cazadores” cuando empezamos a organizarnos en grupos y a ayudarnos mutuamente.

En economía existe un problema denominado el Dilema del Prisionero (ver  explicación aquí).  Se trata de una situación en la que dos participantes pueden decidir buscar su propio interés o colaborar uno con el otro, dándose la paradoja de que si cada uno piensa sólo en sí mismo, se llega a la peor situación para todos los implicados. Como ambos tienen grandes incentivos para concentrarse en satisfacer sus propias necesidades, al fin ese desenlace es bastante probable y habitual.  Se  me ocurren innumerables ejemplos de este tipo de eventos en la vida política, económica y social, muchos de ellos reflejando los grandes problemas de nuestro tiempo, como el cambio climático, los nacionalismos, los conflictos Norte-Sur…. Ante estos retos, se impone el diálogo y el buscar soluciones en las que “todos ganen”.  Se trata de un cambio de paradigma, que requiere que ampliemos nuestro punto de mira, salgamos de nuestros pequeños silos de confort y seamos capaces de ver que estamos conectados, y que cada una de nuestras acciones afecta al conjunto de implicados.

Si queremos empezar a desarrollar esta nueva mentalidad, quizás deberíamos empezar con los pequeños ejemplos de la vida diaria y con la educación de los niños. ¿Qué juegos les enseñamos? ¿Cómo valoramos y  qué les decimos cuando ganan y cuando pierden? ¿Qué valores les inculcamos? Y sobre todo, ¿cuál es el ejemplo que les damos con nuestro comportamiento? Como en muchas otras instancias, ellos no aprenden de escuchar nuestros grandes ideales u opiniones, sino de ver como afrontamos nuestras pequeñas interacciones y transacciones diarias. ¿Vamos por la vida sólo pensando en nosotros mismos y acaparando todo lo que podemos? ¿O tenemos en cuenta cómo afectan a otras personas y al conjunto de la sociedad nuestras decisiones? ¿Nos centramos en el YO, o tenemos también en cuenta el NOSOTROS? Estoy convencida de que, si pudiéramos equilibrar nuestra cultura competitiva con sólo un ápice de mayor colaboración y empatía, tendríamos herramientas para afrontar muchos de nuestros grandes retos.  Además, con toda seguridad, nuestros entornos sociales y profesionales serían más amables y respetuosos, lo cual posiblemente nos haría un poco más humanos, más tranquilos y más felices.


2 thoughts on “La competencia y el dilema del prisionero

  1. La competencia es el principio de cualquier guerra, no deberíamos decir que educamos para la paz, queda muy bien pero es totalmente falso. Deberíamos tener otras motivaciones que no sean “ser mejor que…”, “tener mas que…”´´ Pero luego te tachan de conformista.

    1. Tienes mucha razón en lo que dices, Paz. Muchos niños están desde bien pequeños metidos en una carrera por aprender cuanto más mejor, hablar idiomas, dominar la tecnología… casi no se les deja tiempo para jugar y hacer las cosas propias de su edad. La educación se entiende cada vez más como preparación para conseguir un trabajo, olvidando que lo primero y más relevante es aprender a ser personas.

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